‘Arctic Monkeys’ se ríe del mundo

Los seguidores de Arctic Monkeys vamos de decepción en decepción y el nuevo largo de los de Sheffield, Tranquility Base Hotel & Casino, es un verdadero atraco. No me cierro a la novedad, a los cambios y a los giros dentro de la evolución de un grupo, pero lo que no acepto es que se rían en mi cara y además lo tenga que aceptar.

Desde hace años, Arctic Monkeys ha pasado de ser un cuarteto garajero destinado a cambiar el ritmo y sonido de la música del siglo XXI a convertirse en el juguete de su líder Alex Turner. De hecho, desde mi punto de vista, Tranquility Base Hotel & Casino es una especie de disco en solitario de Turner y sus locuras… en el que ha permitido que el resto de integrantes de Arctic Monkeys toquen como músicos de estudio. Si digo esto es porque todo huele y sabe a Turner y a sus fobias y filias y el resto de integrantes no aportan nada a la ecuación.

Arctic Monkeys, convertidos en un cruce entre Los Chunguitos y un Barry White blanco, acaba de publicar un disco que más que convertirse en una referencia del indie británico, podría servir para redinamizar el mundo muerto de RnB británico o estadounidense. Turner, en formato pianista de bar borracho de un garito de mala muerte del barrio más devastado de Sheffield, decide guiar hacia la muerte musical a su banda y enterrar definitivamente a los monos árticos.

Nada, al menos para mí, se salva de la criba en este largo. Nada está a la altura que se espera de una banda tan, anteriormente, interesante y con mucho futuro, que ha pasado a convertirse en la marioneta de un cantante, guitarrista, pianista y líder que parece haber perdido el rumbo o que ha decidido quemar todas sus naves antes de lanzar su carrera en solitario.

No sé a lo que es adicto Turner, pero está teniendo un muy mal viaje del que difícilmente saldrá bien parado. Los Arctic Monkeys han muerto, que viva Alex Turner.

Puntuación: 35/100